Verónica Fernández, profesora de la UFV: “Hay que superar el conflicto entre la ciencia y la fe que solo fragmenta a la persona”

El seminario Diálogo Fe y Ciencia en Educación, que ya va por su segunda edición, arranca este año con fuerza con un para qué muy claro: renovar la mirada integral de los profesores. Verónica Fernández, una de las creadoras del seminario junto con Jesús Alcalá,  constata que, en la actualidad, por un lado, se explica la ciencia, que tiene algo grande que decirnos y, por otro, la religión, como si esta contradijera o inhibiera lo que la ciencia tiene que decir. Así, en la formación de una persona se genera una fragmentación y lo comprueba en sus propias clases universitarias donde encuentra estudiantes que hablan de la creación de Adán y Eva, por un lado, y por otro, de la teoría de la evolución de Darwin. 

El seminario busca el diálogo entre la fe y la ciencia, pero no solo, también pretende incorporar esta reflexión a las asignaturas de ciencias y religión de la ESO y Bachillerato, así como establecer una red de profesores y centros que puedan compartir los resultados. Para ello, se organizarán mesas de trabajo, conferencias, dinámicas, talleres y habrá diversas formas de interacción para asentar los frutos del encuentro, que podrá seguirse online desde enero una vez al mes y a partir de junio presencialmente.  

En el binomio fe y ciencia surge la idea de si alguna de estas disciplinas necesita más a la otra. Por ejemplo, el filósofo de teoría política Frederick Wilhelmsen decía que ciencia sin metafísica es incapaz del bien, o la alemana Hannah Arendt en su “Condición Humana” advertía de los peligros de un hombre dominado por el “know how” que hace muchos avances con su tecnología, pero piensa cada vez peor.

Verónica Fernández ataja la cuestión asegurando que no existe ninguna confrontación entre ambas, sino más bien no hay que perder de vista quién es la persona, que tiene una parte trascendente, pero también posee una inteligencia y una capacidad para acceder a esa búsqueda de la verdad: “No es una más que la otra, no existe lucha, hay que ver cómo se integran las dos y una ilumina a la otra”. Y añade: “La ciencia te hace ver lo capaz que es la persona de avanzar en el conocimiento y la fe tiene mucho que aportar a todo esto, ya que ese avance no es solo para mostrar que el ser humano lo puede todo, sino que tiene unos límites, ¿para qué tanta técnica?, ¿está la técnica al servicio de la persona o la persona al servicio de la técnica? El seminario quiere hacer ver que no hay conflicto ciencia-fe, sino que llega un momento en que la razón es limitada y se hace preciso acoger lo que la fe suma”. 

¿Cuál sería el diagnóstico del estado actual de esa relación? Verónica  asegura que no hay relación, que está totalmente fragmentada, la ciencia va por su lado y la religión también da un paso atrás.

De nuevo, recuerda cuando sus alumnos le comentan que en casa les obligan a creer, pero se preguntan si vienen del mono: “No hay unidad de pensamiento, los jóvenes de hoy están desintegrados y es necesario introducirles una realidad que no sea solo tangible, en armonía con la tangible”.

También se debe a un problema de desconocimiento: “Hay que difundir lo que es verdad, que está ahí y es comprobable. Los hombres que nos precedieron tenían un Dios sin mundo, pero los de ahora tenemos un mundo sin Dios”. En palabras del profesor UFV, Juan Jesús Álvarez, la verdad es sinfónica y es preciso buscar todas sus caras para completarla. 

“Las implicaciones bioéticas de los tratamientos para transición de género en personas menores de edad”

José López Guzmán, profesor UNAV: “No somos conscientes de la gravedad que tiene administrar bloqueadores de la pubertad a menores para cambiar de sexo”  

El pasado 25 de noviembre se se celebró en el salón de grados de la Universidad Francisco de Vitoria la conferencia titulada «Las implicaciones bioéticas de los tratamientos para transición de género», organizada por el Instituto de Bioética de la Universidad Francisco de Vitoria. El acto tuvo el privilegio de contar con José  López Guzmán como ponente. El Dr. López es coordinador del área de humanidades farmacéuticas en la Universidad de Navarra.

 

Jorge Lopez UNAV genero RA

En la búsqueda de la verdad que planea sobre el espíritu universitario parece oportuno ahondar en la evolución del concepto de niño en la historia, ya que el modo en que se define la infancia tiene ciertas consecuencias morales, sobre todo, a la luz de la llamada transición de género. 

José López Guzmán y Sagrario Crespo, profesora de bioética de la Universidad Francisco de Vitoria, están inmersos en una investigación sobre los tratamientos farmacéuticos en estos menores con el objetivo de que en el ámbito sanitario haya una información adecuada al respecto de tal manera que se sepa que son experimentales y, por tanto, de los que se derivan unos riesgos, y que se pueda generalizar una visión holística del ser humano en un proceso como este. 

¿Qué significa ser púber?

La adolescencia es ese periodo de tránsito a la edad adulta en el que se registran importantes cambios físicos y emocionales, y que terminan alrededor de la segunda década de la vida. Según la OMS, abarca entre los 10 y los 19 años. Este inicio de la pubertad implica la interacción de varios factores, ya sean genéticos o ambientales, así como diversos cambios hormonales.  

Los adolescentes no son un grupo homogéneo, ni su desarrollo madurativo sigue ritmos continuos o uniformes, pero sí que comparten una serie de características comunes como la importancia de la relación con sus iguales, la imagen corporal o el desarrollo de su identidad. Se trata de una larga travesía en la que es necesario acompañarlos desde la multidisciplinariedad del conocimiento, ya que las decisiones que se toman con esta edad pueden hacerlos más vulnerables, por ejemplo, respecto al inicio de la llamada transición de género.  

En este sentido, los ponentes advirtieron de la gravedad de recurrir a bloqueadores de la pubertad para suprimir la expresión hormonal y sus caracteres sexuales, ya que, desde una perspectiva bioética, los tratamientos existentes pueden impedir un proyecto de vida satisfactorio a medio y largo plazo. 

¿Qué pasa cuando un menor tiene una duda de identidad?

Hay dos opciones cuando un menor expresa una duda identitaria. Por un lado, existe lo que se llama “espera vigilante”, es decir, no intervenir directamente, sino ver su desarrollo sin coaccionar a la persona, para que se vaya encontrando a sí misma a lo largo de un periodo de búsqueda de afectividad, nicho social, etc. Y, por otro lado, una intervención farmacológica, que recurre a la supresión directa de hormonas sexuales y la ejecución de un parón en su progreso madurativo. 

José López reveló que “actualmente, hay una tendencia a optar por la segunda opción, pero no es algo neutro como se intenta hacer ver, ya que si damos bloqueadores de la pubertad a un menor estamos condicionando al sujeto para tomar después otro tipo de hormonas”. Y añade: “Si el objetivo es buscar lo mejor para el niño, lo interesante sería hacer un acto de prudencia a la hora de escoger las alternativas, el principio debe ser el de precaución, elegir la medida que tiene menos repercusiones”. Para ello, el requisito es hacer un diagnóstico seguro y lo cierto es que no hay certeza de que alguien es transexual cuando es púber. 

Protocolos de diagnóstico: el origen de la duda

En el caso de los menores, la evaluación del propio usuario es difícil de validar, ya que es preciso descartar circunstancias vitales que pueden confundirle con su sexualidad, por ejemplo, una fantasía de enamoramiento o una búsqueda de la propia aceptación. De hecho, en la mayoría de los protocolos internacionales se busca que esta percepción desaparezca porque “patologiza el transexualismo”, según explicó José López: “Si queremos proteger al menor hace falta un segundo diagnóstico, descartar otros factores antes de medicar, saber qué le lleva a tomar esta decisión”.  

Hay muchos estudios empíricos que evidencian que cuando no se interviene, hasta un 90% de casos dejan de ser transexuales después de la pubertad, lo que indica que es necesaria una comprensión holística de todo el proceso: “No podemos meter a los menores en un embudo de tratamientos que no son adecuados para su edad”, afirmó. 

Un caso práctico

El caso de Keira Bell fue muy comentado por la equivocación que se produjo en la administración de hormonas y sus repercusiones. Cuando Keira se identificó con el sexo masculino fue remitida a una clínica que le administró los bloqueadores de la pubertad y después el resto de las hormonas cruzadas. Sin embargo, desilusionada por sus diferencias con un hombre, a los 20 años se sintió confundida para entrar en el quirófano y buscó volver a identificarse con una mujer. Declaró ser una “chica con barba, aislada y esclava de la testosterona para toda su vida”.  

En el juicio se demostró que su consentimiento en la clínica había sido inválido por su falta de capacidad de comprensión a esa edad y que se le había dado una información sesgada que le impidió saber a qué se enfrentaba en los años venideros. La evidencia científica, pues, argumenta que el cerebro del preadolescente no percibe el riesgo como tal, ni es consciente de las consecuencias de una decisión así a largo plazo, todavía menos en situación de estrés.  

¿Beneficios o riesgos?

Si tenemos en cuenta los efectos secundarios de la alta medicalización, las consecuencias físicas son evidentes: reducción de talla, cambios de humor, síntomas depresivos, problemas de crecimiento, modificación en la densidad mineral ósea, indicios premenopáusicos, problemas de fertilidad, etc. Jorge López se sirve de esto para pensar que “es engañoso hablar de ausencia de intervención en un tratamiento farmacológico si ya se está cambiando la altura del menor con los fármacos”. 

Respecto a la posibilidad de reversibilidad hay mucha incertidumbre sobre la cuestión. Incluso hay países del entorno que han retirado estos tratamientos para menores por la falta de claridad de los efectos a largo plazo.  

Por último, hay que tener en cuenta que son medicamentos of the label, es decir, fuera de ficha técnica: no aprobados para ese efecto, son medicamentos no admitidos para lo que se administran y sin seguimiento adecuado. Jorge López confiesa que esto es así porque “a los gobiernos no les interesa invertir económicamente en hacer estudios de verificación de bloqueadores hormonales y que salgan resultados inesperados”. Ante esta paradoja, advierte de que no son inocuos, dado el largo plazo en el que se administran sus dosis y para una finalidad contraindicada. 

Conclusiones

-La dignidad humana remite a la necesidad de proteger a las personas más vulnerables, sobre todo, los menores. 

-El deseo de aliviar un sufrimiento es loable, pero ante la irreversibilidad es necesario tener precaución. No hay que olvidar que el tratamiento es experimental y debería conllevar mayor rigor. 

-Debe haber una visión de conjunto en las consecuencias farmacológicas de los tratamientos. Hace falta mayor investigación, ya que mucha bibliografía está sesgada y no hay consistencia. 

-A medida que aumenta la conciencia identitaria, baja la calidad de los beneficios e intervenciones, lo que lleva a priorizar terapias no invasivas para paliar la angustia de este colectivo y optar por la espera vigilante como opción más adecuada. 

Preguntas: ¿Existe una idealización del otro sexo?

  1. Psiquiatras franceses y americanos plantean que la terapia de menores con conflicto de género debe empezar por contemplar el origen de ese conflicto y no por dar unos tratamientos farmacológicos. Todos coinciden en que hay un inicio que se articula en torno a diferentes problemáticas, ya sea el maltrato del padre, una burla escolar por no tener pecho, un canon de belleza muy marcado en redes sociales o la llamada personalidad por contagio en amigas que se suman a realizar un mismo cambio… En general, son personas que no se gustan y no se aceptan. Como en la anorexia, no se arreglaría haciendo una liposucción y poniéndose a régimen, sino manifestando la distorsión.
  2. Biológicamente, se habla de una enzima que produce cambios hormonales en el desarrollo fetal, pero sigue sin ser determinante. Es solo una predisposición, pero no se tiene que desarrollar necesariamente. De hecho, la catedrática Natalia López Moratalla ha estudiado que, aunque existan circuitos neuronales diferentes en las personas transexuales, no son cruciales dada la plasticidad del cerebro después de pensar que se quiere ser transexual. Es decir, no hay genes transexuales ni cerebros transexuales. Y por esto, los bloqueadores de la pubertad son arriesgados y poco prudentes, administrarlos sería patologizar a un niño. Es preciso dejar al margen la ideología y las presiones económicas para empezar a hacer estudios con potencia estadística y ensayos clínicos farmacológicos rigurosos, para no ir en detrimento de la seguridad de las personas transexuales.

  3. Hoy no está bien visto decir que un niño con esta medicación tiene sofocos, no ha crecido o pierde su inmunidad. Pero es una barbaridad empezar por el tratamiento, ya que hay muchos arrepentimientos tras una mastectomía, por ejemplo, y son enfermos de por vida, a nivel fisiológico y psicológico, que sufren mucho por la incertidumbre de saber cómo van a quedar tras una operación quirúrgica. No solo padecen los dolores físicos, sino que no quedan contentos porque les prometen una felicidad que no pueden alcanzar. Un estudio reciente de la Universidad de Pensilvania revela que la tasa de suicidios en personas transexuales es un 40% mayor que en la población general después de empezar el tratamiento, precisamente por la idealización del otro sexo, se genera una tensión enorme por no llegar a ser aquello que buscan. Hace falta información real, además de atender otros daños colaterales a los familiares que necesiten apoyo psicológico o mitigar la ansiedad que generaría una posible falta de fármacos por fallo de abastecimiento, que pueda implicar un retroceso.

  4. En resumen, y después de 20 años de experiencia como investigador en el ámbito de las personas transexuales, José López aclara que no son personas sexualizadas, sino que tienen un problema de no identificación con su cuerpo y se hallan en exceso centrados en sí mismos, además de sufrir por la sensación de no ser comprendidos por la sociedad: “Hoy las operaciones son estéticas, no funcionales, y hay mucha preocupación por hacerse continuamente intervenciones para que con el tiempo consigan ser lo que quieren ser, si es que esto fuera posible”, concluye.  

Alicia Hernando, investigadora del ICS de la Universidad de Navarra: “La medicina debe tener en cuenta todas las dimensiones del hombre, no solo la física”

LA CUESTIÓN DEL SER EN LOS CUIDADOS PALIATIVOS

Bajo el título “Un recorrido literario en la obra Velad conmigo de Cicely Saunders”, Alicia Hernando ha publicado un interesante artículo sobre la importancia de los cuidados paliativos en una sociedad necesitada de respuestas en la última etapa de la vida. 

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Alicia Hernando es especialista en Lenguas Clásicas y Lengua y Literatura Española y ha sido profesora durante 11 años. Actualmente es Personal Investigador en Formación (PIF) en ATLANTES Global Observatory of Palliative Care, en ICS, en la Universidad de Navarra. 

De la mano de grandes autores como Tolkien, Lewis, Golding o Frankl recorre sus principales líneas argumentales en paralelo a la propia narrativa humana que busca, sufre y se pregunta. Precisamente sobre esta reseña se encuentra profundizando actualmente en su investigación para la tesis doctoral. 

Este ámbito médico, explica Alicia Hernando, no solo debe reducirse a un tratamiento, sino que, gracias a todo un equipo interdisciplinar, que involucra médicos, enfermeras y otros profesionales de la salud, ha de poner en marcha un acompañamiento más completo, extensivo a las familias, ya que con el paciente sufren también sus seres queridos y necesitan de otras especialidades sanitarias como la psicológica. 

En este sentido, la enfermera británica Cicely Saunders es un pilar fundamental sobre el que se apoya este modo de cuidar, dado el valioso aprendizaje que se deriva de su trabajo en aquel hospice de enfermos terminales a los que acompañó hasta su muerte: “Cicely nos dice que es preciso velar por cubrir un sufrimiento que es total, no es un dolor físico solamente, sino social, espiritual y existencial. La medicina que propone los cuidados paliativos alivia otros aspectos y ahí entran en juego estos valores tan importantes mencionados en el blog”. Continúa comentando que “a veces, esto implica un acompañamiento psicológico profundo, otras veces es solo estar ahí, guardar silencio y dejar que el paciente se abra para resolver los conflictos que van detrás y le hacen sufrir de otra manera. Pensamos en un ELA o un cáncer terminal, pero hay otros aspectos que abordar, la persona también sufre porque se siente una carga, o porque económicamente tiene que hacer frente a una serie de situaciones, o cree que hay conflictos que no ha podido resolver con anterioridad…, es decir, el final de la vida no solo es sufrimiento médico, sino una situación más compleja”. 

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Conferencia de David Clark sobre «Cicely Saunders: su vida, su trabajo, y su legado»

Alicia Hernando argumenta que la visión integral del hombre en todas sus dimensiones hace plantearse si el binomio paliativos-eutanasia es real: “El debate se ha polarizado y es fundamental romperlo, se juega con la semántica, con los eufemismos: ¿es una ley que ayuda para morir?, ¿hay verdadera prestación de ayudas? Son términos que calan en la sociedad con un fin que se absorbe de modo concreto, aunque no entraría tanto en ese debate, sino en cómo dar a conocer mejor los cuidados paliativos, que en sí son buenísimos.  

La intención con este enfoque en todo caso es aliviar el sufrimiento hasta el momento último. La ley de eutanasia justifica la muerte arguyendo que se llega a un punto en que ya no se puede hacer más y que en esa situación crítica es justificable morir, pero Alicia Hernando insiste en que esto se entiende mal: “En ese punto crítico termina el tratamiento con fines de curar, pero no el control de síntomas, tú puedes aliviar el dolor de distintas maneras. Los paliativos persiguen sanar en el sentido profundo del término, no solo físicamente, sino en una perspectiva psicológica, existencial y espiritual, que es lo que no ha llegado aún a descubrir la sociedad, de hecho, no conozco a nadie que sepa lo que son los cuidados paliativos y no lo valore de forma positiva tras haberlo vivido”, confiesa. 

Pone el ejemplo de un doctor que trató a una mujer con sufrimiento refractario que le pidió la eutanasia, pero entraron en un diálogo de comprensión en el que él entendió que ella llegaba agotada, ya no podía más, y frente a eso le hizo una propuesta: “bien, ya hemos hablado de lo que no, ahora hablemos de lo que sí, lo que los paliativos pueden hacer por ti”, a lo que la paciente contestó: “Te doy dos días”. Finalmente, la mujer asumió una experiencia de sedación paliativa que fue buena y tuvo un gran eco en la familia. En definitiva, considera que si se conocieran verdaderamente los cuidados paliativos no habría manera de decir que no a ellos: “Por supuesto que hay límites, pero hay que dar a conocer qué son y distinguirlo de lo que nos llega a través de los medios de comunicación, la gente no sabe lo que implican del todo por una manipulación del lenguaje”. 

En esa línea de compromiso con el diálogo entre la ciencia y el hombre, Alicia Hernando encuentra muchos argumentos razonables para ampliar el horizonte académico desde las propias Facultades de Medicina: “En todo currículum hace falta ahondar en la asignatura de medicina paliativa, es fundamental que las reflexiones de los alumnos toquen la cuestión del ser, que se propague la intención médica de curar en todos los aspectos, hay que seguir insistiendo para que la medicina avanzada pueda llegar a todas las universidades”.  

Frente a la paradoja de que en un quirófano se esté salvando una vida y justo en otra sala se pueda estar quitando otra se nos presenta un panorama complejo: “Nuestros vecinos portugueses ya han aprobado la ley de eutanasia y en otros países están viendo la posibilidad de abrir estas realidades más allá del sufrimiento refractario. Ante este panorama adquiere más relevancia, si cabe, la formación en cuidados paliativos y que las diferentes disciplinas contribuyan a cuidar a la persona en su complejidad humana”, concluye.  

Jorge López en un congreso de la Universidad de Notre Dame: «La dignidad humana no es un mérito que se consiga o se pierda según el comportamiento de cada uno»

Entrevistamos a Jorge López, decano de la Facultad de Educación y Psicología de la Universidad Francisco de Vitoria, sobre su ponencia en el Congreso “I Have Called You by Name: Human Dignity in a Secular World, organizado por el centro Nicola Center for Ethics and Culture de la Universidad de Notre Dame.  

En tu ponencia titulada “Human dignity, vulnerability and education”, ¿qué implicaciones antropológicas, epistemológicas, éticas y de sentido conlleva el concepto de dignidad humana?  

La “dignitas” del ser humano descansa en quién soy (imagen de Dios) y en lo que estoy llamado a ser (comunión con Dios): son dos aspectos interrelacionados y que no se pueden separar, el primero ontológico y el segundo teleológico. Me parece que este segundo aspecto tiene que explorarse más. Pienso en personas con alguna discapacidad, pero incluso en el mejor dotado: mirando lo que estamos llamados a ser, a vivir en comunión con Dios y con los demás, se comprende y valora mejor nuestra situación actual, siempre precaria. La comunión es el mayor de los bienes porque es la vida de la Trinidad que Dios mismo nos ofrece. 

El nombre nos aporta una identidad, pero, ¿es posible perderla en un ambiente concreto en el que prima cierto tipo de educación?  

Nuestra identidad más profunda, el nombre que llevamos grabado ontológicamente como un sello imborrable, no se pierde. La educación nos ayuda a vivir esa identidad, a ser lo que estamos llamados a ser, a partir de lo que somos. Mi propuesta es que la educación y la vida misma tienen como meta la comunión que es reflejo de la vida misma de Dios. En mi conferencia he tratado de unir dos aspectos aparentemente contrarios: la perfección y la vulnerabilidad desde esta comprensión de la comunión como telos o meta de la vida humana. Perfección entendida como presencia de comunión más que como ausencia de defectos. Vulnerabilidad entendida como aspecto positivo de la afectividad -y condición del amor afectivo- en orden a la comunión, más que como privación. 

Vulnerabilidad alude a una falta de protección frente a algo, que nos hace estar expuestos a los peligros, ¿cuál crees que es la mayor dificultad a la que nos enfrentamos en la tarea educativa “en un mundo secular” (como se indica en el nombre de este Congreso) y qué crees que nos puede salvar?  

La experiencia de vulnerabilidad la tenemos todos y esto mismo puede ser un camino de encuentro con los no creyentes o con quienes sufren el “escándalo” del sufrimiento. Si mi sufrimiento es irrelevante para Dios, si no le afecta, entonces Dios me resulta irrelevante. Pero Jesús mismo es vulnerable como nosotros: “uno de la Trinidad ha sufrido”, como decía san Gregorio Nacianceno. Si la vulnerabilidad no es una privación, sino que puede ser reformulada positivamente, podemos afirmar que nuestro Dios Tri-Uno es vulnerable en su relación con nosotros. En mi charla me atrevo a decir que Dios es el ser más vulnerable -y más perfecto- pues no puede no amar y todo lo que nos pasa le afecta.

Por otro lado, nuestra experiencia personal de amor confirma que cuanto más amamos y más buscamos la comunión, más nos afecta todo. Nuestra propuesta educativa como universidad ha de propiciar que amemos mucho, que deseemos mucho y bien, conscientes de que esto implica estar dispuestos a sufrir y gozar con y por el otro. Vale la pena. 

 

 

Dignidad humana, vulnerabilidad y educación

Ponencia traducida al español.

Puedes leer aquí el documento íntegro de la ponencia original en inglés. 

Jorge López González
Universidad Francisco de Vitoria

La educación ha sido considerada tradicionalmente como un perfeccionamiento humano, como un proceso de aprendizaje para lograr una existencia humana más plena (Barrio, 1998). Según el concepto griego de educación (paideia), la excelencia (areté) es la meta de este proceso de aprendizaje (Jaeger, 2001). La paideia griega asumía la vulnerabilidad o afectividad como un problema (incluso un obstáculo) para la plenitud (eudaimonia) o florecimiento humano. Los ejercicios espirituales y educativos griegos buscaban moderar y tomar el control de los afectos (Hadot, 2000). En particular, la Stoa trataba de educar en el autocontrol de los apetitos irascibles y concupiscibles y daba un impulso a la educación en las virtudes que ya habían propuesto Platón o Aristóteles en su Ética.

Recientemente ha surgido un interesante debate sobre la comprensión de la vulnerabilidad como un rasgo positivo del carácter. Podemos encontrar un precedente en la discusión sobre este tema en el discurso sobre el sufrimiento y la impasibilidad de Dios en la teología cristiana pero también en la judía. Este discurso ha tratado de conciliar la perfección y el sufrimiento en Dios. La vulnerabilidad y la dependencia también han sido destacadas en el campo de la filosofía moral como un aspecto relevante de la condición humana que explica por qué los seres humanos necesitan virtudes (MacIntyre, 1999). En cualquier caso, los conceptos de perfección y vulnerabilidad son elementos clave de todo modelo educativo.
Las reflexiones de este trabajo responden a dos preguntas relacionadas: En primer lugar, ¿es compatible la perfección con la «imperfección» de ser vulnerable? Y en segundo lugar, ¿qué papel desempeña la vulnerabilidad en el paradigma educativo cristiano?

Para responder a estas preguntas, primero discutiré el concepto de vulnerabilidad relacionado con la condición humana. A continuación, trataré el concepto de perfección, desde la perspectiva de la teología cristiana. Por último, ofreceré unas pinceladas de una propuesta educativa cristiana que incorpora la vulnerabilidad al paradigma educativo clásico de la educación en la virtud.

Vulnerabilidad y condición humana

Como muchos conceptos, la vulnerabilidad admite varias definiciones interrelacionadas. Todas ellas se fundamentan en la etimología del término: vulnus, herida en latín. Podríamos decir que una persona vulnerable es aquella expuesta a ser herida.
En general, la legislación educativa considera que existe un derecho humano a la educación de las personas vulnerables que responde al reconocimiento de su dignidad humana inherente (Masferrer y García-Sánchez, 2016). Todo ser humano es digno, es decir, tiene un valor intrínseco. La dignidad «se refiere a algo de valor, un valor determinado por la esencia de la cosa» (Brady, 2021, p. 3; ST I, q. 42, a. 4, ad 2). La legislación ofrece protección contra el peligro de la violencia de los más fuertes sobre los más vulnerables o débiles (Turner, 2006). Parece claro que la conciencia del peligro de la violencia así como el reconocimiento del valor intrínseco de la persona convergen en su formulación.

El fundamento de los derechos humanos descansa en la condición de persona o condición humana, compartida por todas las personas independientemente de sus circunstancias. Toda persona es vulnerable, aunque algunas personas -o todo el mundo en determinado período de la vida- son especialmente vulnerables y dependientes, lo que exige la ayuda, la justicia y la misericordia de los demás (MacIntyre, 1999). La vulnerabilidad existencial es la fuente de la búsqueda de la perfección, de la mejora.
La vulnerabilidad revela nuestra necesidad de los demás, pero también nos da la posibilidad de complementarlos. Paradójicamente, necesitamos a las personas que nos necesitan. Es una necesidad mutua. Necesitamos vivir en comunión (dar, recibir y compartir con los demás) para desarrollarnos plenamente como personas. Esta experiencia universal debería ayudarnos a revisar nuestro concepto de eudaimonia que actualmente se estudia en el campo de la psicología positiva y la educación (Kristjánsson, 2019). La verdadera eudaimonía es la comunión, no tanto el bienestar. El florecimiento humano es fruto de la comunión.

La vulnerabilidad revela indirectamente la dignidad de la persona, ya que exige que los más vulnerables y limitados sean protegidos por su dignidad intrínseca (De Koninck, 2009). La dignidad humana no es un mérito que se consiga o se pierda según el comportamiento de cada uno, sino que es inherente a la condición humana. Si protegemos a las personas vulnerables es porque las consideramos merecedoras de esa protección por dos razones: por lo que son (es decir, personas) y por lo que están llamadas a ser. La primera razón es ontológica y la segunda es teleológica (Koopman, 2007). La dignidad humana, en latín dignitas, reside en lo que somos y en lo que estamos llamados a ser: en realidad estos dos aspectos, naturaleza y finalidad, están intrínsecamente unidos.

Sin restar importancia al argumento ontológico, hay que destacar el argumento teleológico. En todo ser humano -sea cual sea su situación física, mental o moral- hay que reconocer lo que está llamado a ser, su vocación a vivir en comunión con Dios y con los demás. Este fin implica una dignidad particular aunque la persona no sea consciente de ello, aunque sus acciones estropeen y contradigan su fin. Ningún otro ser tiene un fin tan elevado, tan digno. Y para alcanzar este fin, que es su vocación más fundamental, necesita recibir de Dios y de los demás. Paradójicamente, esta vocación a la comunión implica también una necesidad de dar y compartir. Asimismo, la perspectiva teleológica nos permite comprender que la dignidad, según santo Tomás, puede crecer a medida que se alcanza el fin (Brady, 2021, p. 5).

La perfección y la vulnerabilidad desde la perspectiva cristiana

Según Aristóteles la perfección, supone un movimiento del ser por el que realiza sus capacidades o potencialidades, pasa de la potencia al acto según su naturaleza. El término perfección -del latín perfectus, participio del verbo perficere- se refiere a que algo está completamente hecho o terminado, que ha alcanzado su meta, que no le falta nada de lo que es propio de su naturaleza o arte (Aristóteles, 1994, 1013b). En el lenguaje común, lo que no tiene defectos se considera perfecto. Lo más excelente es lo más perfecto.

Según la Iglesia católica, la «perfección» no se identifica con un estado de vida, sino con el hecho de alcanzar nuestra meta y realización última, la comunión con Dios y con los demás a través de la caridad (Gaudium et Spes, 1965, 19, Lumen Gentium, 40). «Sólo la caridad tiene el poder de acercarnos y unirnos a Dios como última meta» (Martínez, 2006, p. 4).

Desde la perspectiva cristiana, la perfección y la excelencia deben entenderse como comunión, como expresión de la caridad, y no como falta de defectos. La perfección cristiana es fruto de un don interpersonal más que de un logro individual: es comunión recibida y desarrollada como fruto del encuentro con Dios y con las demás personas. Es la acción del Espíritu Santo que, según el designio amoroso del Padre y en colaboración con la libertad humana, configura a sus hijos con el Hijo, con Cristo (Rm 8,30); configuración que apunta a la comunión (o amistad) con Dios y con los hombres (Arthur, 2021, 43). La mejora humana es un proceso humano-divino, una sinergia y comunión, entre la acción libre de Dios y la libertad humana que coopera con la gracia. La comunión es, por tanto, un fin, pero también el camino para alcanzarlo.

Esta comunión es el objetivo o la finalidad de la vida. La invitación de Cristo (Mt 5,48): «sed perfectos, como mi Padre es perfecto» (perfecto en griego se dice teleios, que tiene la misma raíz que telos o meta), debe entenderse como un compromiso de Imitatio Dei pero también como una invitación a vivir en comunión con Dios y con los demás según el modelo de la Trinidad y alcanzar así la meta de la vida o telos. Cristo, el Hombre perfecto (teleios), tal como lo presenta San Pablo, es el Hombre de comunión en el que encontramos nuestra plenitud y madurez (teleiotas). Existe una estrecha relación etimológica y de significado entre comunión y perfección o plenitud humana.

La comunión y la plenitud humana sólo serán completas en la vida futura, pero ya se realizan parcialmente en esta vida. Los rabinos también hablan del mundo venidero, olam habah, como una continuación de la existencia. Jesús (Lc 14, 15-24) compara el Reino de Dios con un gran banquete al que estamos convocados, independientemente de nuestras discapacidades. La característica de un banquete es la comunión y la alegría de los que participan. Alégrate porque Dios será todo en todos (1 Cor 15, 28) y «enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni llanto ni dolor» (Ap 21, 14). No habrá sufrimiento, pero sí afecto. En ese banquete de comunión, como sabemos por los encuentros de Jesús resucitado con sus discípulos, las heridas o marcas de nuestro cuerpo no desaparecen sino que son testimonio de una nueva existencia gozosa en continuidad con la anterior.

La vida de Cristo, siervo de Yahvé, revela la importancia de la vulnerabilidad y de las heridas: por sus llagas hemos sido curados (Is 53,5). Cristo revela al hombre lo que es y su vocación (Gaudium et Spes, 1965, 12). El misterio de Cristo revela el misterio del hombre y el misterio de Dios. Lo revela con sus gestos y palabras, con su vida. Jesucristo nos ofrece la clave para interpretar todos los aspectos de nuestra vida, incluida nuestra vulnerabilidad (Swinton, 2004). Los evangelios y el testimonio que la Iglesia ha defendido desde su encarnación es que Jesús, el Hombre-Dios, sufrió como uno de nosotros. 

El Logos se hizo hombre, asumiendo nuestra condición humana, y siendo vulnerable hasta el extremo. La vida de Cristo, sus palabras y sus obras, y en particular su Pasión -el escándalo de la Cruz- ofrece una luz para comprender la paradoja o el misterio sobre la vulnerabilidad.


Jesús nos revela hasta qué punto Dios es compasivo y misericordioso (Sal 102) y nuestro sufrimiento es relevante para Él. Él es vulnerable, sin dejar de ser un Dios trascendente y perfecto. No podría ser compasivo sin ser vulnerable, sin dejarse afectar por nosotros. La vulnerabilidad, como expresión del amor afectivo, es uno de los atributos de Dios. De su kenosis amorosa y libre, tzimtzum, vaciamiento o autolimitación, procede la creación (Balthasar, 2000, 32). De su pasión -junto con su acción- surge nuestra renovación como melodía de comunión. Dios es amor vulnerable hasta el punto de que no puede no amar, sólo puede amar. Dios es el más grande y al mismo tiempo el más vulnerable, el «último y el servidor de todos» (Mc 9, 35-37). Esta es la máxima perfección que descubrimos en Dios: Dios es extremadamente vulnerable y amor libre de comunión. Y si Dios es así de vulnerable, además de digno, podemos concluir que los seres más perfectos y excelentes son los más vulnerables, con una vulnerabilidad ordenada a la comunión. La afectividad vulnerable no es una privación sino una perfección, es constitutiva del amor de Dios (Brotherton, 2020 pp.142 y 169).
«El sufrimiento o la angustia, a diferencia del dolor, no es una sensación sino una experiencia, una realidad espiritual que sólo conocen los humanos (el animal no sufre)» (Soloveitchik, 1978, p. 67). Pero el sufrimiento está presente no sólo en la persona humana, sino también en Dios, como atestiguan las Escrituras y el Midrash. Dios sufre por la destrucción del Templo y por ir al exilio con su Pueblo, Dios se aflige cuando un individuo sufre. Ninguna injusticia en este mundo se sufre sola: Dios es afectado, es herido por su sufrimiento (Heschel, 2005, p. 35). «Dios aplaude sobre Su corazón y llora por las tragedias que han caído sobre Israel» (Seder Eliyahu Rabba, citado por Wolpe, 1990, p. 147). Incluso, Dios se consuela con las acciones humanas, como puede verse en muchos pasajes de la Sagrada Escritura. Por otra parte, si el sufrimiento humano no fuera relevante para Dios, Él sería, en la práctica, irrelevante para nosotros.

Asumiendo esta perspectiva judeocristiana, se enriquece el paradigma educativo griego de las mejoras y perfecciones humanas. A través de la vulnerabilidad (no sin ella) se alcanza la perfección -que es comunión, como hemos visto antes-. La vulnerabilidad y las limitaciones no son ajenas a las personas más excelentes; de hecho es un camino de excelencia (Corona y López, 2021). La excelencia no reside en la ausencia de defectos o sufrimientos sino en la presencia de la comunión que podemos alcanzar en esta vida. La excelencia no sólo es compatible con la vulnerabilidad sino que la exige.

Educación y vulnerabilidad

La cultura occidental heredó una propuesta griega de educación en las virtudes, reconociendo su valor, pero también sus insuficiencias (Melina, Noriega y Pérez-Soba, 2007, 458). Por ejemplo, los tratados cristianos sobre las virtudes no sólo diferían en cuanto a la lista de virtudes a vivir (virtudes de Cristo frente a las típicas del héroe griego), sino también en cuanto al modo de conseguirlas, con la colaboración de la gracia. En cualquier caso, a lo largo de los siglos la educación en la virtud ha seguido siendo el centro de la educación. Hoy en día la educación en la virtud sigue siendo un tema de interés en la educación y la psicología (Snow, 2017).

 
Ahora bien, ¿qué papel juegan la vulnerabilidad y la comunión en el proceso educativo? La paideia aristotélica asumía la vulnerabilidad como un problema (incluso un obstáculo) para alcanzar la eudaimonia. Habiendo respondido anteriormente que ser vulnerable no disminuye nuestra dignidad y además, que es una condición para lograr la comunión, debemos decir que educar en la comunión requiere educar en y a través de la vulnerabilidad, y que la vulnerabilidad no es una privación sino condición para la excelencia y la mejora humana. Requiere educar en virtudes como la paciencia, la resiliencia, la humildad, la generosidad, la justicia y el perdón. Todas estas virtudes implican el reconocimiento de la vulnerabilidad propia y ajena. Reconocer nuestra vulnerabilidad nos permite abrirnos a la interdependencia y a la comunión (Cooreman-Guittin, 2020).


La educación en la vulnerabilidad implica también la educación en la afectividad. Es una experiencia universal que las heridas emocionales a veces dificultan las relaciones interpersonales. El sufrimiento por sí solo no nos hace mejores. Pero la solución no es evitar todo sufrimiento y, finalmente, los afectos porque sin afectos no hay amor y, por tanto, no hay comunión.