Javier Aranguren sobre el libro de Dorothy Sayers: “Aprender a aprender es dotar al alumno de hábitos que le hagan capaz de pensar por su cuenta”

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Un reciente artículo de la página de análisis cultural “Nueva Revista” nos pone sobre la pista del ensayo “Aprender y trabajar” que escribió la británica Dorothy Leigh Sayers en los años 40 y que ha traducido y aportado un estudio introductor el profesor de la Universidad Francisco de Vitoria, Javier Aranguren. 

Una de las ideas principales de la autora es proponer la vuelta al ‘Trivium’ en las aulas, es decir, recuperar lo que las tres asignaturas de gramática, lógica y retórica aportan a la entrada y salida del conocimiento, y también como método de aprendizaje para enseñar a pensar al alumno

En su nominación originaria del libro, “Las herramientas perdidas del aprendizaje”, Dorothy L. Sayers busca relacionar el aprendizaje, no tanto con contenidos o actividades, sino con herramientas o bagajes de hábitos con los que dotar al alumno para ser capaces de pensar, actuar y decidir por su cuenta. 

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Esto tiene que ver con cómo aprendemos para llegar a una auténtica transformación de la sociedad más allá del ámbito universitario. Y este aprender sobre el aprendizaje es algo que la autora busca, pese a que no acabe de convencerle, como considera Javier Aranguren: “Dorothy no se centra tanto en que el alumno tenga determinados dinamismos, sino en que adquiera conocimientos concretos y lea grandes libros como las obras de Aristóteles desde los 15 años. Es un aprender a aprender puestos sobre hombros de gigantes, no sobre la nada para que el alumno construya, sino sobre cuestiones difíciles a las tienen que enfrentarse para encontrar verdad”. No se trata, por tanto, de confrontar contenido y creatividad, sino de que esta última surja de afrontar temas más arduos. Ella es defensora, por ejemplo, del latín y las matemáticas como materias que construyen la seriedad intelectual y fomentan el uso de la inteligencia de un modo lógico, algo que, en su opinión, falla en las pedagogías modernas.   

Azuzar la razón para explorar las fronteras de las ciencias es lo que lleva a Dorothy Sayers a escribir este libro, en un complejo contexto sociopolítico de la II Guerra Mundial, en el que la población tenía un elevado índice de educación, pero era paradójicamente arrastrada por la propaganda y manipulada por la publicidad: “Cuando se escribió ‘Aprender y trabajar’ había una civilización educada, pero con apenas educación, los ciudadanos eran sujetos pasivos, sometidos a instrucción, y Dorothy Sayers buscaba impulsar las ‘artes liberales’, o sea, el aprendizaje como fuente de belleza que además te hace libre”, concreta Javier Aranguren.  

La autora también dedica una parte del libro a exponer la actitud que debe tener un buen profesor que, al igual que escribió F. Nembrini en “El arte de educar”, necesita más positividad y certezas que contenidos, es decir, enseñar materias que a su vez enseñan a salir de ellas: “Un profesor es el que facilita un encuentro del alumno con una larga tradición, con sus propias potencialidades de creatividad, con su confianza de inteligencia. Muchas veces educar puede ser repetir, un juego sin reglas, pero para esta autora es muy importante el cultivo de la dialéctica que, por otra parte, es algo muy medieval”.  

Precisamente en la Edad Media, cuando nacieron las universidades, los intelectuales basaban su aprendizaje en la discusión, había muchos espacios abiertos de diálogo, Tomás de Aquino convocaba en la discusión a todos los sabios de su época y del pasado, y la educación era buscar la confrontación en la conversación a través del argumento. Este es el sueño de la británica, a partir de herramientas básicas: primero, repetir, para luego llevar de la mano al estudiante para que aprenda cómo aprender por sí mismo. Como dijo uno de los maestros de Aranguren, el filósofo Leonardo Polo, acompañar al estudiante a crecer hasta que sea capaz de discutir por sí mismo, sin repetir posturas socialmente correctas, sino siendo fuente y origen de sus ideas. “Probablemente estas ideas tengan que ver con la búsqueda de verdad”, matiza el profesor Aranguren, “pero que sean suyas no indica necesariamente que sean subjetivas, sino que se haya encontrado con ellas auténticamente”. 

Dorothy L. Sayers, gran amiga de Chesterton y autora de novelas de misterio, “era todo un carácter”, como la describe él mismo, “a quien debemos la traducción inconclusa de Dante y, sin duda, es una de las universitarias de Oxford de los años 20 que más cosas interesantes ha publicado”. 

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